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03

ene

2013

Tolkien (VI): “Que Gandalf no exista no quiere decir que no sea verdad”.

Eduardo Segura El Señor de los Anillos
Eduardo Segura.

Eduardo Segura (Oviedo, 1967) es profesor en el Departamento de Filología Inglesa y Alemana de la Universidad de Granada y es uno de los mayores expertos en España y en español, sino el mayor, en J.R.R. Tolkien y el círculo de los Inklings. Aunque lo que más nos gusta cuando vamos a verlo es que tiene la recopilación en tomos completa de El Príncipe Valiente. “Es que he prologado alguno de los tomos”, explica.

 

En 1997, Segura se encontraba en la Universidad de Saint Louis, en Missouri, EEUU, trabajando en su tesis doctoral sobre Tolkien –“que más que defenderla, tuve que defender a Tolkien como autor que merecía la pena para ser estudiado”– con Tom Shippey, uno de los mayores tolkienistas del mundo, al que además estaba traduciendo al castellano su célebre El camino a la Tierra Media. Cuando New Line se puso en contacto con Shippey, buscando expertos para asesorar en la adaptación de Peter Jackson que daría lugar a la trilogía de El Señor de los Anillos, este recomendó a Segura para que se uniese al equipo.

 

Un equipo que se dedicaba a discutir con Peter Jackson vía correo electrónico y del que Segura sacó una conclusión “El Señor de los Anillos [ESDLA] es un tipo de narración que no puede acabar de funcionar en pantalla. Aunque fuesen 40 películas en lugar de las tres que se hicieron, el problema es como los personajes pierden al quedarse sin contexto”.

 

Segura afronta las adaptaciones con la misma esquizofrenia con la que Jackson el guión: “nos preguntaron qué no debería echar de menos Tolkien si viese la película… pero nos avisaron que la hacían para quienes no habían leído el libro”. De la misma manera “Jackson nunca me pareció el mejor director para la adaptación, pero tengo que reconocer que las películas rozan la obra maestra en muchos momentos”.

 

“Mi crítica no sólo es a Jackson. Es a la paradoja de que los directores que rescataron el cine de Hollywood en los 70, apoyándose en los efectos especiales –Spielberg, Cameron, Lucas, Ridley Scott– dieron lugar a una generación esclava de la tecnología, una trampa en la que ellos mismos han caído, como se ve en Prometheus o la cuarta entrega de Indiana Jones. Es pura pirotécnica. El Hobbit parece más de lo mismo en ese sentido”.

 

Eso sí, “la tecnología permitió rodar ESDLA respetando la estética de Tolkien, con secuencias brutales cinematográficamente, como la carga de Gandalf en el Abismo de Helm”. Jackson y los suyos “se aceleraban, querían meter cada vez más acción, y ESDLA no debería enfocarse como quien se acerca a adaptar Lara Croft, por ejemplo”.

Las lecturas anacrónicas

 

El profesor compara las actualizaciones de la lectura de Peter Jackson con las de Troya de Wolfgang Petersen, algo que está a punto de desviarnos de la conversación: “Homero dice en la Iliada que los dioses están asomados a las murallas de Troya. Si los eliminas de la historia, no se entiende, igual que habrá quien no comprenda por qué muere Aquiles cuando una flecha se le clava en el talón”. A nuestro apunte de que se trata de una actualización que busca volver ‘realista’ respetando al máximo el argumento para que lo acepte un espectador actual, responde: “pero es que entonces es otra historia”.

 

Y así llegamos a los “anacronismos” de Jackson: “Aragorn y Frodo dudan constantemente durante Las Dos Torres, planteándose si deben aceptar su destino. En Tolkien, son personajes épicos, que no tiene esa lectura psicológica que es más actual”. Lo mismo para visionar a Saruman, Isengard y los orcos “como El Triunfo de la Voluntad de Leni Riefensthal. Es una transmisión, una lectura superpuesta que Tolkien negó. Es irse a lo fácil, y no creo que facilitase la lectura del espectador del siglo XXI”.

 

De la misma manera, cuando los Ents acaban transformados en un panfleto ecologista “se desvirtúa su papel en la epopeya. Tolkien era un amante de la naturaleza, pero no entendía eso como un ‘ismo’”. John Ronald Reuel era “un niño que creció en Birmingham a finales del siglo XIX y vio como la Segunda Revolución Industrial destruía la campiña. Para él eso fue una tragedia, y eso es lo que transmite en la destrucción del bosque de los Ents por parte de Sauron. Pero la crueldad de los Ents, a mí por lo menos, me parece gratuita en la película”.

 

Y otra lectura que se pierde: “Barbol es Tolkien. Barbol habla, piensa y actúa como un filólogo, incluso al principio se resiste a darle su nombre a los hobbits, porque cree que ya sería decirles demasiado y que con él pueden reconstruir su historia”. Los Ents “son uno de los grandes fracasos, son como animatrónicos sin vida, espectaculares visualmente, graciosos, pero sin el alma del libro”.

 

Finalmente, la lectura más contemporánea aplicada al guión, que él mismo ha vivido como profesor: “la acusación de machista a Tolkien, que contrasta cuando se compara con el supuesto feminismo de las hazañas de Eowyn. Pero cuando Eowyn le dice al Jinete Oscuro que no es un hombre antes de matarlo, es una reivindicación femenina, sin ‘ismo’”. En cualquier caso, la necesidad de un personaje femenino importante acabó con Arwen ganando minutos en el guión.

 

“Es un tic de Hollywood, el empeño en que la historia de amor sirviese para catalizar el drama. Tolkien ya avisaba de que el amor entre Aragorn y Arwen era la base de El Señor de los Anillos”. El cambio principal que se evitó fue la presencia de Arwen en la batalla del Abismo de Helm. En el primer borrador del guión, era ella quien llevaba la espada de Isildur a Aragorn en lugar de Elrond. Incluso Liv Tyler llegó a recibir clases de esgrima. “Pero los asesores les dijimos que no”.

 

Supresiones y añadidos

 

Sin embargo, es en Arwen donde se encuentra el añadido que más gusta a Segura –y a muchos otros aficionados, nos atrevemos a añadir– con la secuencia en Las Dos Torres en la que, mientras discute con Elrond, imagina cómo será su vida si envejece con Aragorn. “Es una de las pocas escenas que capta la nostalgia que se suponen que deben transmitir los elfos, pues para ellos la vida es encontrar y perder. Y es mérito de Phillipa Boyens y Fran Walsh, la mujer de Peter Jackson, que coescribieron con él el guión y son unas grandes conocedores de Tolkien”.

 

La supresión más acertada, la que criticaron muchos fans e incluso colegas asesores de Segura pero él apoyo: “la de Tom Bombadil. Es un personaje tan importante en la mitología de Tolkien y que iba a perder tanto fuera de contexto, pareciendo un bufón, que era mejor no sacarlo. Así La Comunidad del Anillo se aliviaba de minutos, además”.

 

Mucho peor, y aquí se reconcilia con el sentir de los lectores del libro, es el papel al que quedan relegados Légolas y Gimli. “En el libro Légolas es pura nostalgia, en la película una especie de Rambo con flechas. Gimli se convierte en el alivio cómico inevitable. Así se pierde la magia de muchas de sus conversaciones, como cuando se despiden de Galadriel. A Gimli no lo detuvo la oscuridad, pero lo detiene la belleza. Y en la película se pierden los matices”.

 

La religión de Tolkien

 

Eduardo Segura se define como católico “pero no me gustan los sermones”. Tolkien también era católico “pero la Tercera Edad de la Tierra Media es una época pagana, sin religión. En todo el libro, la única muestra es cuando Faramir y sus hombres, antes de comer, se ponen de pie y miran hacia el oeste en silencio para bendecir los alimentos. Frodo y Sam se sienten ignorantes y pequeños ante ese gesto de religión que no entienden”.

 

Tolkien, al contrario que su amigo CS Lewis, que en Narnia encara la alegoría de manera directa, “intentó separarse lo más posible del cristianismo. La providencia de la Tierra Media es completamente distinta de la cristiana”. Mientra Eru Ilúvatar es “el relojero cósmico de Spinoza”, que se aparta del mundo tras crearlo con sus leyes, esos dioses menores tan parecidos a la jerarquía angélica católica, los Valar, son similares a los de la mitología griega. Y en los Maiar de Gandalf llegan los dioses nórdicos: “Gandalf es Odín, y Tolkien lo admite, porque los dos se pasean por la tierra con el mismo aspecto”.

 

El sentido de lo sagrado en la Tierra Media “está en el propio mundo. Tolkien es un romántico, quería hacer desaparecer el mensaje dentro del mito. Si antes de la obra creas una intención, para él es ideología. El cristianismo de Tolkien es el punto de vista sobre el mundo, el valor del sacrificio y la visión sobre la muerte. Por eso digo que Tolkien no es ecologista, es que para él todo es sagrado”.

La verdad de Gandalf

 

¿Por qué? “Porque Tolkien, después de volver del infierno de las trincheras en la Primera Guerra Mundial, tomó una decisión consciente, la de ser un optimista. Era un existencialista optimista, y eso no tiene buena prensa. Por eso y porque no se entendió cómo utilizaba el concepto de mito, quedó fuera del canon y se enfrentó a la palabra fantasía como algo peyorativo, infantil. Hay que reconocer que las películas ayudaron a combatirlo, pero hoy Tolkien sigue exiliado del canon estricto que defienden críticos como Harold Bloom”. Aunque “yo lo enseño en clase porque me da la gana”.

 

¿Por qué? Porque Tolkien fue más allá de Coleridge. Este formuló la idea de la voluntaria supresión de la incredulidad, pero Tolkien “cree que hace falta crear fe secundaria. Creer que lo que pasa en ese mundo es verdad, aunque no sea real”. Segura lo formula de manera contundente, para regalarnos el titular de esta entrevista: “El hecho de que Gandalf no exista no quiere decir que no sea verdad. La verdad incluye la irrealidad”.

 

Tolkien era un romántico y un existencialista, creía “que las grandes verdades de la Historia de la Humanidad sólo son accesibles mediantes los mitos”. Por eso “le habría encantado saber que hay gente que se disfraza para celebrar el cumpleaños de Bilbo y Frodo cada 22 de septiembre. Vivió el principio de esa cultura, vio como los hippies pedían que Gandalf viniese salvarlos. Tolkien recibió en sus últimos años cartas de miles de cartas de admiradores, y al mismo lo disfrutaba y no se lo creía”.

 

¿Por qué? “Porque los hobbits son los vecinos de Tolkien en la campiña de Birmingham. Porque todos somos Bilbo. Porque Bilbo es Ulises, y por eso me gusta el actor, Martin Freeman, que sabe hacer muy bien de persona normal. Porque Ítaca, como decía Kavafis, es el propio viaje, y Bilbo descubre una valentía dentro de sí mismo que no sabía que tenía”. Y, pese a todas las críticas “Peter Jackson los refleja bien porque se siente un poco hobbit, igual que se sentía Tolkien”.

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